Recordando

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Padre Alberto Gutiérrez de la parroquia Purísima Madre de Dios y San Benito de Palermo

Con frecuencia recuerdo aquellos días de mi infancia,  sin tecnologías,  aunque los vecinos tenían un televisor Silvana de 19 pulgadas.  Después de la escuela hacia la tarea a la velocidad del rayo para poder coger la calle a jugar.  Jugábamos metras,  trompo,  béisbol o voleibol,  el juego de las “40 matas”  y hasta bingo y “preñao” (un juego de cartas),  no apostábamos dinero sino botones.  Al llegar la tarde estaba uno más podrío que cabullita de mortadela y había que bañase rapidito porque a las 6 pasaban Monstruos del Espacio (Goldar) o El Zorro en el otro canal,  y no podías perderte ni un capítulo,  a pesar de que los repetían constantemente.  A la escuela iba uno con un real (0,50 Bs.) lo que alcanzaba para merendar una galleta de soda y una cocacola de botella,  bien fría.

Al llegar las vacaciones había el doble de tiempo para jugar y callejear.  Había que buscar kilos de barro para hacer bolitas y conseguir un adulto de buen humor que te hiciera una buena honda.
El maestro Hunaldo nos llevaba con frecuencia a un hato de su propiedad, donde tenía muchos chivos y cabras y hacia “cuajaítas”  (Queso de cabra) para vender.  Cuando llegaban las lluvias era la gran fiesta.  Todos en el barrio nos echábamos a la lluvia y mientras más te mojaras mejor.  El resfriado te lo quitaban con limonada caliente y uno que otro guamazo por desobediente. Cuántos sueños soñados y cuántas aventuras vividas en aquellos barquitos de papel que recorrían raudos los riachuelos que dejaba la lluvia.

Por los meses de abril y mayo llegaban las taritas,  y había que tener un buen chucho para cazarlas.  Era inmensa la cantidad de mariposas en las salinas de la Cañada.  Y si había viento,  pues tenías que hacerte tu volantín y seguir la diversión.  Ya más grandes y al llegar diciembre,
aprendíamos a patinar con aquellos patines de hierro,  de cuatro ruedas (rolineras) siempre prestados y por lo general con uno solo,  o con las famosas patinetas de madera hechas en casa.  Casi no tenía uno suficiente cuero para todos los raspones con la carretera.
Y si lograba uno ponerse en una bicicleta,  entonces aquello era otro nivel de diversión.
Uno hacia lo que fuera para trabajar y conseguirse su dinerito,  desde limpiar patios y casas y lavar carros y corotos (trastes),  y hasta sacarle las canas a cualquier adulto,  porque te pagaban hasta un bolívar por cada 20 canas.

Eran famosos los “sancochos de tienda”,  que era merendar en cualquier bodega con una cocacola o grapette y una pasta bandera o dos galletas de huevo.

Yo no se cuántas veces al año la gente compraba ropa,  pero uno esperaba ansioso la Navidad porque tendría sus estrenos para el 24 y para el 31, y seguramente,  si todavía creía en la visita del Niño Jesús,  tendría su regalo en Nochebuena.

No terminaría nunca de contar,  pero digamos que así creciamos y nos criaban en La Cañada hasta que aparecieron el Walkman y el Atari y los muchachos cuyas familias tenían más cobres ya no quisieron salir a jugar. Se quedaron de pronto sentados frente al televisor y con unos audífonos en sus orejas.

Pero bueno,  cada tiempo tiene sus ventajas y sus desventabas; debilidades,  fortalezas y amenazas,  dirían los técnicos de los análisis FODA.  Yo, debo decirlo, en mis tiempos y a mis modos,  crecí feliz.

Ya no recuerdo por qué quise escribir todo esto,  pero lo comparto.

Padre Alberto Gutiérrez