La Iglesia nace en Pentecostés

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Es la Iglesia fruto de la voluntad amorosa del Padre, de la misión del Hijo y del Espíritu Santo.

Pbro. José Andrés Bravo H.

Cuando el pequeño grupo de los seguidores de Jesús, que se reunían contantemente encerrados, por miedo, vivieron la gran experiencia de Pentecostés, el momento maravilloso en el que recibieron el Espíritu Santo, se llenaron de entusiasmo y valentía para presentarse libres y abiertamente al mundo anunciando el mensaje de la verdad, rompiendo las cadenas de sus miedos y comenzando a vivir una nueva experiencia de comunidad misionera que va a marcar sus vidas y la de la humanidad entera. Testimoniando el Evangelio de Jesús y enfrentando las persecuciones que no se hicieron esperar.

Ahí nace la Iglesia de Cristo. La misma que tiene su origen en la voluntad amorosa del Padre que desde el principio creó a la humanidad para vivir en comunión de amor, en relación amorosa con el mismo Creador, en fraternidad entre sí, cuidando y transformando la naturaleza para humanizarla.

Es la Iglesia fruto de la voluntad amorosa del Padre, de la misión del Hijo y del Espíritu Santo. Así, como lo enseña la Constitución Dogmática Lumen gentium (LG) del Concilio Vaticano II, citando a San Cipriano y a otros Santos Padres, ella “aparece como el pueblo unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4).

Así lo reafirmará más tarde el Concilio Plenario de Venezuela en su segundo documento, “la Iglesia es comunión y hunde sus raíces en el misterio de la comunión trinitaria: Dios Padre, su Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo” (La Comunión en la Vida de la Iglesia en Venezuela: CVI 32).

Es el Sacramento donde el Misterio de Dios Comunión actúa su salvación en la historia humana. En la oportunidad de la Solemnidad de Pentecostés de este año 2021, sólo quiero destacar algunos puntos que podrían ampliarse en futuros estudios, que incluirían un esquema eclesiológico que nos presentan los acontecimientos más importantes desde la segunda mitad del siglo XX, teniendo como punto de referencia el Concilio Vaticano II (1962-1965). Este Concilio centra sus enseñanzas en la Iglesia bajo la clave de comunión, privilegiando la imagen de Pueblo de Dios formando la plena humanidad, conviviendo organizadamente con libertad responsable, donde todos participamos en el anuncio profético del Evangelio de Jesús, el testimonio de una comunión fraterna fundamentada en el amor e insertada en el mundo con el compromiso de gestar una nueva sociedad con el auténtico desarrollo humano.

Este acontecimiento del Concilio fue una experiencia renovadora tan grande que nadie duda de calificarla como un nuevo Pentecostés, con el viento impetuoso del Espíritu Santo que mueve y renueve a los seres humanos para la vivencia de una Iglesia profética, casa y escuela de comunión.

Esto sigue inspirando otros acontecimientos como la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968) de donde nacen experiencias de servicio ante un pueblo oprimido por sistemas injustos que deshumanizan.

La Iglesia servidora del Vaticano II se encarna en América Latina como la Iglesia liberadora con iniciativas pastorales nuevas como las comunidades eclesiales de base y la opción preferencial por los pobres. Una Iglesia que va haciendo historia con los pueblos con otros encuentros como el de Puebla (1979) con el modelo evangelizador de comunión y participación.

El de Santo Domingo (1992) buscando su modelo como sacramento liberador para una nueva evangelización, la cultura cristiana y la promoción humana. La de Aparecida (2007) donde la misma Iglesia renueva su naturaleza de misionera y discípula de Jesús. Son acciones del Espíritu Santo que siempre mueven a los pastores y fieles laicos en la construcción de la Comunidad de los seguidores de Jesús.

Nuevos acontecimientos pentecostales se van proyectando con el compromiso del Papa Francisco de verdaderas conversiones pastorales para que todos asumamos nuestra responsabilidad en un Pueblo de Dios que camina junto, en una experiencia sinodal de participación hacia la fraternidad y la amistad social, dóciles a la acción del Espíritu Santo.

Pbro. José Andrés Bravo H.

Docente de la Universidad Católica Cecilio Acosta. Director del Centro Arquidiocesano de Estudios de la Doctrina Social de la Iglesia.

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