Biógrafo de José Gregorio revela nuevos datos sobre la vida del Beato

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Alfredo Gómez Bolívar aborda nuevos datos que, seguramente, llamarán la atención de los lectores.

Alfredo Gómez Bolívar es uno de los que se ha dedicado a abordar la Biografía del Doctor José Gregorio Hernández, siendo reconocido por esta labor en el país

Su herencia cedida

Cuando muere su padre Don Benigno María Hernández Manzaneda en 1889, nuestro Beato renuncia por ley a la parte de su herencia, y se la cede a sus únicos sobrinos que tenía en ese momento, que eran los hijos de su hermana María Sofía Hernández de Carvallo y Don Temístocles Carvallo.

La Alumna del Beato José Gregorio Hernández

La primera dama en inscribirse en la UCV en la facultad de Medicina fue: la Dra. Virginia Pereira Álvarez, aunque ella previamente ya era una profesional, porque ya había estudiado para ser maestra normalista en el año 1903. El Dr. Hernández formó parte del grupo de profesores que ella tuvo, cuando le dictó el Curso N° 20 – Cuadro N° 35. Que se realizó en los años 1910-1911. Titulado: Cátedra de Histología y Microbiología siendo los preparadores: el Br. Rafael E. López y Juan E. Barroeta.

(Datos correspondientes de la Universidad Central de Venezuela, Archivo Central. Medicina. Libro No.22 Folios 7 y 7 bis)

Desafortunadamente no se gradúa de médico en Venezuela por el cierre de la UCV en aquél tiempo y se vio obligada a emigrar a los Estados Unidos para continuar sus estudios, obteniendo el título de médico en el Woman´s Medical College of Pensylvania, el año de 1920.

Estos datos están citados igualmente en el libro del Dr. Fermín Vélez Boza de su libro titulado: “José Gregorio Hernández, Maestro del año 1977.

La Ignorancia de algunos Artistas

Es lamentable que artistas brillantes hayan honrado con sus obras la imagen de nuestro Beato el Dr. José Gregorio Hernández, y no se hayan informado bien antes de hacer sus obras, de cómo eran sus costumbres y su vida ordinaria, cuando lo han representado. Y lo más lamentable es, que éste fenómeno viene y continúa ocurriendo, desde hace bastante tiempo. El Dr. José Gregorio Hernández “NO” usaba estetoscopio, ni maletín médico.

En cuanto al estetoscopio, lo conocía y otros médicos lo usaban, pero él, que tenía un oído privilegiado, siempre optó por un pañuelo de seda, que colocaba sobre el paciente, apoyaba su oído sobre el mismo y así realizaba las auscultaciones a sus pacientes. Esto lo han manifestados varios biógrafos de nuestro Beato, entre quienes encontramos al prestigioso médico, Dr. Miguel Yáber, quien lo afirma en varios de sus escritos.

Sin embargo, en el caso del “maletín médico” si tenía uno, aunque no lo usaba habitualmente, el mismo lo había adquirido en España en el año 1917. Como un dato adicional al momento de su fatal accidente lo único que se recuperó de su persona en el sitio del accidente, fue su sombrero, el cual fue entregado por una persona al empleado de la farmacia de Amadores, y en ese momento, ese mismo empleado se dio cuenta, que se trataba del Dr. Hernández ya que él antes no lo había reconocido cuando lo vió desde la farmacia, y al ver el sombrero lo reconoció como el del Dr. Hernández.

Volviendo a su estancia en Madrid, ese mismo año, le había escrito una carta a su sobrino Benjamín, donde le informaba que le mandaba de regalo, un maletín médico. Este sobrino era el hijo mayor de su hermano Cesar, que estaba en ese tiempo estudiando la carrera de medicina en la UCV.

Este maletín tenía algo especial en cuanto a su manufactura y forma, ya que para la época se le conocía con el nombre del gran médico científico español y premio nobel: Santiago Ramón y Cajal y cuyo detalle, se puede apreciar en las imágenes al final.

Nuestro Beato salva la vida de un paciente venezolano, en la ciudad de Nueva York

Esta información está tomada de la primera biografía que se le realizó al Dr. José Gregorio Hernández realizada por el profesor José Manuel Núñez Ponte, publicada en 1924 y titulada: Dr. José Gregorio Hernández – Ensayo Crítico-Biográfico (pág.89 tercera edición). Y dice así:

…Aquel anhelo de ciencia a que no daba tregua y el de propagar la suya entre la juventud que se le había confiado, le condujo en 1917 a hacer viaje a Estados Unidos y Europa con el propósito de complementar estudios de embriología e histología, de que ya planeaba textos oportunos.

Desgraciadamente, la guerra, cuyos trastornos y perjuicios no lamentaremos nunca lo bastante, le impidió pasar de Madrid a Francia, pues el pretendía llegarse a París y aun acaso hasta Berlin, para efectuar ciertos experimentos en laboratorios que le eran conocidos. Por eso hubo de regresar a Norte América, donde en la Columbian University y en otros institutos similares, se ocupó con energía en pruebas teóricas y prácticas especiales sobre puntos que le interesaban, entre otros el empleo de la chaulmoogra como específico para la tuberculosis.

Como una digresión, queremos consignar en este punto un triunfo de su renombre científico, que se refleja sobre el de la patria. En llegando a New York, un compatriota, cliente antiguo, que se hallaba allí casi moribundo sometido a los cuidados de un excelente profesional yanqui, le hizo llamar incontinenti; y se puede asegurar que la presencia de Hernández fue providencial, pues por confesión del propio facultativo que había equivocado el diagnóstico, la muerte del enfermo hubiera sido inminente con el tratamiento que se le estaba aplicando…

¿Un milagro en vida?

Hemos encontrado en varios santos que estando en vida, han realizado hechos milagrosos y extraordinarios. Tal es el caso de nuestro excelentísimo Papa, San Juan Pablo II.

Un libro nos hace referencia de lo anterior y allí se recoge estos testimonios de artesanos, o propietarios de tiendas que trabajan junto al Vaticano, entre los que se encontraba el caso de Antonio Arellano, conocido como el zapatero del Papa, un artesano peruano instalado en Roma, quien remendaba los zapatos de San Juan Pablo II.

Este personaje nos cuenta que: «En el año 2001, estando de vacaciones en Perú, mi mujer se cayó en coche de un puente, en el río de Trujillo. Se rompió la cadera, tuvo una hemorragia interna y estuvo durante muchos días en coma. Los médicos creían que moriría».

Surgió así una cadena de oración entre los amigos Cardenales del zapatero que llegó hasta lo más alto del Vaticano. Y entonces la oración que pronunció el Papa por esta causa venció. Él afirma, que su mujer hoy le ayuda en su taller, y éste se encuentra ubicado muy cerca de la ciudad del Vaticano.

También testimonia un milagro el señor Arturo Mari, quien fue el primer fotógrafo de los Papas durante 51 años, incluyendo todo el pontificado de Juan Pablo II. Y dijo así:

«Personalmente, sé que curó a mi cuñada Mercedesella es ecuatoriana como mi esposa.

Cuando se observaron las radiografías llegadas de Ecuador, los médicos italianos le dieron 15 días de vida. Tenemos que rezar, me dijo el Papa Juan Pablo II. Y me dio su pañuelo y su rosario, para que lo mandara a Ecuador.

Mercedes se puso el pañuelo en el pecho, y el rosario alrededor del cuello. Por quince días, y hoy después de seis años sigue viva».

Como dato curioso de nuestro Beato el Dr. Hernández en el año 1918 realiza dos hechos o gracias extraordinarias con la ayuda de Dios; uno es cuando se encontraba en las exequias de su hermano Pedro Luis y allí les anuncia a familiares y amigos, su futura muerte diciéndolo de esta forma:

“Este año le tocó a Pedro Luis el año que viene me toca a mí”. El sacerdote que se encontraba presente en el lugar le dijo: José Gregorio, como broma es de mal gusto y él contestó: “Bueno ya se verá.” Y se retiró del lugar sin dar más explicación.

El otro fue una curación a una señorita: ¿adelantándose científicamente a su época? me hago esta pregunta en vista que el único tratamiento para una “apendicitis aguda” era la operación, conocida como apendicetomía, el cual se mantuvo así por mucho tiempo.

Fue entonces en 1953 cuando el famoso Dr. Harrison reportó 42 de 47 casos de apendicitis aguda que fueron tratados exitosamente sólo con antibióticos sin tener que practicárseles la operación acostumbrada. El propio Dr. José Gregorio le prescribe a la paciente unas pastillas, de las cuales se desconoce hoy en día cuáles fueron, tal vez para encubrir un poco así este milagro en vida, realizado por Dios con su intermediación.

(Tomado del libro de su sobrino Ernesto Hernandez Briceño Pág. 1434 “Nuestro Tío José Gregorio” Tomo segundo de 1958.)

Fotos Cortesía de El Guardián Católico

Con información de El Guadián Católico

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